jueves, 4 de julio de 2013

EL DESNUDO DE INGRID


     Estuvieron una semana hablando por teléfono dos veces al día. Ese fue el tope de llamadas. Ross trabajaba en España para perfeccionar el idioma. Ingrid, en su estudio de pintura en Londres, suponía que más pronto que tarde tomaría la decisión correcta sobre la relación amorosa que mantenía con Ross. Después de tres meses, por fin sentía que acababa su autorretrato y con el renovaba sus fuerzas, unas pinceladas en la nariz y se terminaría.

        Ross, no soportaba la distancia. Decidió trabajar en España aconsejado por sus padres. Alquiló una habitación en Madrid a medias con otros estudiantes y le faltaba poco por regresar.

        Hacía tres días que Ingrid no le llamaba. Miró la foto que tenía sobre la cómoda. Allí estaban los dos abrazándose y detrás de ellos el autorretrato que comenzó en aquellos días. Los contornos del rostro aún estaban a carboncillo. Era una imagen testigo de todas las veces que hicieron el amor en el estudio. Recordó el olor a trementina, los días de lluvia, las fiestas nocturnas, las visitas a museos, las cervezas en el pub. Memorizaba poco de la voz de Ingrid, más bien era su cuerpo su cara y el estudio.  Esperaba con ansiedad que sonara el móvil.  Lo cogió con ambas manos y empezó a marcar el número de ella. Después de oír unos tonos una voz le dijo que estaba inoperativo. Apretó el botón rojo. Quería hablarla. Con otro botón se introdujo en la carpeta de fotos.  Un desnudo de Ross a carboncillo, Ross y ella semidesnudos en la cama, el autorretrato de Ingrid con la primera capa desleída de óleo.  Esperó un poco más. Le recorrió un escalofrío por la espalda. Unas palabras de Ingrid le vinieron a la mente. “Cuando acabe este autorretrato yo seré yo, no la mujer que tú imaginas que soy”. Se inquietó aún más y volvió a marcar. Esta vez Ingrid contestó.

        - ¿Sí?

        -Hola preciosa, ¿como estás?

        -Bien, ya casi he terminado mi obra. Por fin voy a exponer.

        -Estaba preocupado, ¿por qué no me has llamado estos días?

        -Ross, eres tú el que llama siempre.

        - Te echo de menos... estaremos juntos otra vez cuando…

La conversación se alargó más y Ross le expresaba el deseo de que conociera a sus padres. La palabra matrimonio, hijos y responsabilidades eran pronunciadas por el joven mientras ella escuchaba al otro lado sin decir nada.

          -¿Sigues ahí?

          - Si, mientras me contabas tus planes he terminado mi obra.

          -¿En serio?

          -Sí

        - Tengo ganas de verlo.

Y Ross acabó hablando de las excelencias de ser madre y tener su estudio en la parte alta de la casa que se comprarían cerca de Rowling street.

       -¿Cuando volverás?

       - La semana que viene acaba mi contrato, cuando me paguen regresaré y… estaremos juntos Ingrid, para siempre. La línea se cortó. Días después aun seguía sin contactar con ella.

       De regreso a Londres en el avión, se mordía la uñas. Pidió un wisky, se ataba una y otra vez el cordón de la zapatilla.

En el aeropuerto le esperaban su madre y dos amigos voluntarios como él en la parroquia de su barrio.  Lo primero que hizo fue preguntar por Ingrid.

      Su madre le enseñó una foto de periódico. Ingrid estaba en una exposición de pintura. Se encontraba delante del autorretrato, ya acabado. Ross hizo una mueca de desagrado. No se parecía a ella. Los amigos le miraron en silencio con aire de gravedad. El desnudo de Ingrid lo turbó y la desaprobación de aquellos rostros que le miraban con juicio desfavorable.  Quería correr hasta el estudio, besarla, tocarla y romper el cuadro que ella nunca debió terminar.
 
 
 

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