martes, 31 de enero de 2017

NÁUFRAGOS

NÁUFRAGOS

Clara y yo, amigas del alma, quedamos como una de tantas tardes, para pasear y tomar algo. Fue la última vez que la vi, en un café de la plaza de Santa Ana. Me dio una lección sobre la amistad y se fue muy disgustada. Esa tarde comprendí que no sólo ella había sufrido un naufragio. Tengo que contarlo. De alguna forma me siento culpable.
Clara y su marido decidieron celebrar su décimo aniversario de boda, en un barco. Juan, al que cariñosamente yo llamaba Chencho, no se sentía muy atraído por la idea de estar en medio del mar, flotando, sin pisar tierra. Cedió por Clara, por su romántica insistencia.
Salieron en avión hacia  Australia. El trayecto duró infinitas horas en las que hubo tiempo para incidencias con el personal del avión y algunos sustos por los botes que daba el aparato. Chencho no se sentía muy cómodo y Clara le miraba de reojo un poco frustrada porque no demostraba ni un ápice de cariño hacia ella. Clara es soñadora  y romántica y quizá poco realista a los ojos de Chencho. Él se considera a sí mismo un hombre pragmático y de emociones limitadas. Un ingeniero con demasiadas matemáticas en la cabeza han hecho de él una persona muy fría.
 La primera noche de hotel estaban demasiado cansados para hacer el amor. En ningún momento hubo atracción o deseo por parte de él. Más bien se escabullía de ella. Clara no quería pensarlo y lo disculpaba  de su falta de interés hacia ella. Al día siguiente cogieron el buque que los llevaría a unas islas paradisiacas, en mitad del Pacífico. Ella creía fervorosamente que en un Edén recobrarían el tiempo perdido, la pasión perdida. Clara es trabajadora social. Yo creo que tomar contacto con personas que sufren, que  piden asilo, ayuda de todas clases, la ha hecho más humana y más utópica.
Feliz ella, conforme él por la experiencia nueva, descansaban en la proa del barco, charlando, como el resto del trayecto de cosas hilarantes. Por megafonía, para sorpresa de los tripulantes, avisaron a los pasajeros que entraran inmediatamente en sus camarotes y  se pusieran  los chalecos salvavidas, pues se avecinaba una tormenta. Ambos empezaron a asustarse. Rayos, truenos, viento huracanado. El barco se bamboleaba, escoraba y los mareaba sin remedio. Fueron  avisados  para que fueran a cubierta  y subir a los botes salvavidas. Clara sólo recordaba estar empapada, mareada y que se había soltado de la mano de Chencho cayendo  al agua. Cuando despertó, estaba en una playa, sola, dolorida y terriblemente asustada. Se levantó como pudo y buscó a los demás en todas direcciones. No había nadie. La ansiedad hizo que llorara. El sol quemaba su cara y derrumbada buscó sombra. Una vez desahogada su desdicha pensó que era mejor seguir buscando un poco más allá, justo cuando el sol quemaba un poco menos. No supo calcular la hora que sería. Apenas anduvo lo que creyó sería un kilometro y medio. Vio a lo lejos algo que parecía un bulto grande.  Corrió y pudo comprobar que el bulto era el cuerpo tendido de Chencho. Estaba bocabajo, le dio la vuelta y lo abofeteó.  Despertó tosiendo con la mirada desorbitada. Vio a Clara, miró a su alrededor y gritó
       - ¡Gracias a Dios estamos vivos! ¿Y los demás, dónde están?
         -No lo sé.- Contestó Clara y se echó a llorar.
Chencho se incorporó quitándose con el puño la arena de la cara. Y como si su mente no estuviese allí dijo:
         -Todo tiene un final.
Clara siguió llorando hasta que se cansó. Le escocía la cara. Chencho hizo ademán de abrazarla como si ella fuera una tabla de salvamento. Fue lo más tierno que hizo en todo el viaje. “Esto es el fin”   pensó. Todo a su alrededor era agua, arena blanca y palmeras. Pero el hambre les avisó de que había que hacer algo.
         -Vamos a buscar algo de comer.
Clara le siguió sometida a las circunstancias. El sol se estaba poniendo y tenían una insoportable sed. Entre la maleza de la isla buscaron con desesperación algo comestible. Chencho le dijo a Clara que en esos momentos le hubieran venido muy bien las clases de botánica que rechazó por no pertenecer a su rama de invesigación. No hubo suerte. Había que buscar un lugar donde pasar la noche. Decidieron volver a la playa. Apenas hablaban entre ellos mientras buscaban entre el cielo y el suelo. Los labios los tenían secos. De repente algo se movió en el agua. Unas manchas negras flotaban a la deriva.  Chencho se acercó corriendo y comenzó a reír al comprobar que se trataba de de unas botellas de plástico de refresco de cola. Clara rió  también como una histérica.. Tuvieron, al menos, algo con lo que engañar al estómago. Una vez calmada la sed y un poco el hambre, Clara cambió su perspectiva pesimista por su habitual romanticismo. El cielo lleno de estrellas encendió su imaginación. Sospechaba que Chencho guardaba para sí cosas de las que ella no formaba parte. Comenzó diciéndole lo mucho que lo amaba y ahora que daba por hecho que sus vidas iban a acabar en  esa isla era el momento de hablar seriamente de sentimientos.
-          Yo no soy como tú, Clara, y lo sabes. Mi trabajo me absorbe y no te doy todo el tiempo que mereces.- No pudo mirarla a los ojos mientras decía esto.
-          Siento haber planeado este viaje, me siento mal por haberte arrastrado hasta aquí.
-          Tú no me has arrastrado, ha sido una tormenta. También podía haberme negado en redondo y no lo hice. Creo…creo que te debía algo, no sé.
Hubo unos instantes de silencio. La brisa suave soplaba. Clara fue más incisiva.
-          ¿Alguna vez me has puesto los cuernos Juan?
Chencho dio un trago a la botella de refresco y abrazó a Clara.
         -No digas tonterías.
        - ¿Y tú?
        - En alguna ocasión tuve oportunidad, pero siempre ganaste tú.
         -¿Te has enamorado de alguien aparte de mí?
        -No, no fue amor, sólo fue tu ausencia lo que me hizo fantasear con algo mejor. Pero tú no has respondido mi pregunta.
       - No tengo nada que decir.
La besó superficialmente en los labios y se tumbó en la arena. Ella no quiso seguir hablando. En su corazón ya tenía una respuesta.
El cielo se iba encapotando de nubes y la brisa leve se convirtió en un vendaval acompañado de tormenta. Chencho agarró a tientas la mano de Clara y salieron corriendo por instinto hacia el interior de la isla. Había demasiada oscuridad y palpando, como pudieron se cobijaron debajo de una hojas enormes de no se sabe que planta tropical. Chencho se dio cuenta que los fogonazos de luz eran muy extraños, pues no los acompañaba ningún trueno. La lluvia tan pronto era suave como que caía como cubos.
Clara gritó:
       -¿Has oído eso?
       -¿Qué?
      -¡Calla! ¡Escucha!
Sintieron miedo, un miedo atroz. La lluvia hacía remolinos.
      -Oigo voces
      -No digas tonterías
     -¡No digo tonterías joder! ¡Te digo que oigo voces!
Clara se incorporó a ciegas. Al dar el primer paso tropezó con algo duro y tirante.
     -Juan ven aquí, toca esto.
     -¡Dios mío es un cable! ¡Sí, es un cable! ¡Sigámoslo!
      -No, esperemos un poco a que amanezca. Espera, ya no oigo las voces.
      - Eso es efecto del cansancio.
      - ¿Nunca creerás en mí? ¿Siempre diré tonterías? ¿Vas a poner en duda siempre todo     lo que digo?
       - Perdona, este no es el mejor momento para…discutir. Esperaremos a que amanezca.
 La lluvia cesó espontáneamente. Volvían tener hambre y apenas les quedaba un poco de refresco. Chencho agarró a Clara y le dijo que si salían de ese trance la amaría y respetaría todos los días de su vida.
      -¿Respetarme? ¿A qué te refieres?
Chencho se quedó callado. Pasaron  las horas sin dormir y en cuanto  notaron un poco de claridad se pusieron en marcha. Agarrados al cable como a un salvavidas, anduvieron durante un buen rato. Clara no supo concretarme el tiempo  porque en medio de lo desconocido las horas y las distancias se difuminan. Para su sorpresa el cable les llevó directamente a un enorme decorado.  Andamios con cámaras, chabolas de paja, cables, focos. Estaban en la civilización. Clara se acordó del show de Truman. En la primera rulot, llamaron con fuerza pidiendo socorro. Les abrió una mujer somnolienta preguntando en inglés que qué es lo que pasaba. Después de relatar su aventura chapurreando el idioma, la mujer les dio de beber y comer. Se repusieron del trance y mientras Clara descansaba en una hamaca Chencho fue a llamar por teléfono para ponerse al día y pedir ayuda. Clara escuchaba desde fuera como me llamaba por mi nombre y las palabras de cariño que me dedicaba. Palabras que, hacía años que ella no oía.
Me siento culpable, era mi mejor amiga y yo la traicioné con Chencho. El viaje sólo sirvió para que naufragaran nuestras vidas.  Una vez en Madrid, Chencho, arrepentido se despidió de mi fríamente. Se le daba bien. Clara no volvió con él. La amistad, el amor, la pasión, todo tuvo su final.
Ahora  empezaré de nuevo en otra ciudad, lejos, muy lejos de Clara y de Chencho.



                                                                 Fin


UN BARCO NAUFRAGADO
MUSEO NACIONAL DE EL PRADO

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