miércoles, 5 de abril de 2017

"YO SOY EL ACERTIJO Y LA RESPUESTA"







Mientras intentaba escribir unos versos sobre la muerte, el tintero, como por arte de magia, se volcó encima del papel. El poeta maldijo su suerte dando un golpe sobre la mesa. Los puños  de la camisa  ribeteados de encaje, se impregnaron de manchas negras. Él, un contumaz luchador, obvió, una vez más, el accidente. A continuación, los papeles salieron volando por encima del buró. Intentó sujetarlos pero éstos poseídos por una fuerza extraña se desparramaban por el suelo. Se quitó la camisa dejando ver un torso de delgadez extrema. Llevaba días sin comer. La criada, Lorena, le dejaba bandejas con comida en la habitación, en el salón, donde quiera que se le ordenara pero siempre las recogía sin tacha, quizá una manzana mordida y el café a medias.

-¡Basta! –Gritó- ¡déjalo ya! ¿Quieres?

Pero allí no había más que un gato con el rabo erizado y bufando a la pared. No era la primera vez que sucedía esto.  Él sabía muy bien lo que estaba pasando. La ambición le arrebataba el alma más que la compasión. Ignoraba lo que era el amor, le hubiera gustado superar a sus colegas, pero no podía ser, aún. Así que en una de las famosas  tertulias en casa se Doña Pepita, donde se reunían la flor y nata de la escritura madrileña, después de un acalorada discusión sobre si  existían los versos perfectos que representaran a la muerte y la atrajeran cual conjuro, nuestro poeta decidió que en esto no lo ganaría nadie.

Al regresar a casa y confiárselo a su bella esposa Catalina, ésta se revolvió en el asiento y asustada por la fuerza que ponía su esposo en el tema, sucumbió a un temblor  que le recorrió todo el cuerpo.

-Lo conseguiré Catalina, aunque me vaya la vida en ello. Prefiero ser recordado por la eternidad a través de unos magníficos versos sobre la muerte y el más allá que ser ignorado, desacreditado, pasar inadvertido como uno más de tantos poetas.

- Caray  me asustas Roberto, no se puede jugar con la muerte, es de mal fario.

-¿Y quién te ha dicho que yo voy a jugar?

Y aquella mueca en sus labios y esos ojos encendidos de un plan maquiavélico hicieron que Catalina no terminara la cena y subiera al dormitorio escaleras arriba como si flotara.

A los pocos días, la sufrida esposa empezó a encontrarse mal. Lejos de preocuparse, Roberto disfrutaba con los síntomas. Le hacía preguntas extrañas  y ella respondía hasta donde podía.
A pesar de los cuidados de Lorena, la enferma empeoraba, y las preguntas que le hacía su marido sentado al pie de la cama, más la incomodaban y más angustia le daba. Hasta que le llegó la hora definitiva, y en su agonía se revolvía entre las sábanas y el camisón empapado en sudor dejaba ver las costillas. Su rostro cerúleo suplicaba que llamara al cura para que le diera la extremaunción. Pero Roberto le decía que exageraba, que al día siguiente estaría mejor.

No se sabe cómo, Catalina mejoró.  Roberto se enfadó con ella. Rompía sus planes, le sacaba de su gran obra, debía seguir delirante con aquella agonía, y perdida en el valle de la oscura extinción.  Ya había conseguido que le hablara de los demonios y de lo que había que recitar.  Una rima ascendente aquí, un verso sáfico allá, una jitanjáfora para distraer a la Parca. Así que al ver que no podía continuar con su trabajo decidió terminarlo por su propia cuenta sin esperar a que la caprichosa muerte acudiera. Descubrió entonces de lo que era capaz por alcanzar el éxito como poeta.
Tenía en su cabeza las respuestas, los versos, la experiencia. Cada día cogía la pluma de ganso, cada día  el tintero se derramaba, se desparramaban los papeles, se manchaba los puños de la camisa y gritaba “¡basta ya Catalina!” Mirando la pared de su estudio.
Así en cada rincón de la casa, en el jardín, el remordimiento, el recuerdo de sus malignos actos o el espíritu de Catalina impedían que aquella obra perfecta tomara cuerpo.

Aislado de todo lo que anteriormente le estimulaba  y con el  poco dinero  que sisó a su esposa, pasó  unos meses de penurias.  Terminó por hablar solo. Lorena se despidió del señor harta de limpiar y no cobrar. Sospechaba que algo malo le había pasado a la señora. Irse  de noche y sin avisar, tan comedida como era doña Catalina, tan enferma que estuvo. Sus baúles en el desván…no, no le cabía en la cabeza tan prolongada ausencia.

Los días pasaban y lo que en un principio fue una extrema lucidez, unas palabras exquisitas un ritmo de réquiem en su justo esplendor, se transformó en una falta de memoria, en suciedad, abandono y miseria.  Roberto cayó en la oscuridad que buscaba, creyendo tener el conjuro de vuelta. El lechero encontró el cuerpo por accidente. El gato maullaba de forma extraña y al acercarse a la ventana de la cocina pudo ver el cadáver del señor tirado en el suelo. El médico dijo que había muerto de inanición. Al lavar su frío cadáver para amortajarlo, vio tatuado en el vientre con tinta negra:

“yo soy el acertijo y la respuesta”

Un siglo después, tras la compra del inmueble por un rico empresario se iniciaron unas obras de remodelación.  Al tirar la pared del estudio que fue de Roberto, aparecieron los huesos de un cuerpo femenino con todo su ajuar.



8 comentarios:

  1. El ansia extrema de perfección no puede conducir a nada bueno... Un relato estupendo, Yolanda. Ameno, interesante y con mucha intriga. Me ha gustado mucho.

    Un saludo.

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    1. Me alegro que te guste. Muchas gracias Julia.
      Un abrazo

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  2. Excelente construcción y ni hablar del dinamismo y soltura del relato.
    Toda mi admiración.

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    1. Gracias por pasar y dejar tan agradable comentario.
      La admiración es mutua.
      Un abrazo, P. Sabag.

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  3. Excelente!! Yolanda, todo, narración, desenlace y conseguir que nos quedemos hasta el final. Enhorabuena, besos!!

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    1. Muchas gracias Marijose por tu comentario.
      Besotes

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  4. Estupendo trabajo. No conocía tus últimas letras. Unas descripciones que te mantienen​ atadas​ y un ritmo de muerte. Un saludo

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    1. Gracias por comentar,Emerencia, ya ves, a veces una está inspirada.
      Un saludo

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