lunes, 27 de octubre de 2014

EXTIENDO...

                          

Extiendo palabras al viento
perfumadas  de expresiones,
algunas se evaporan
otras se alejan flotando, y al cabo vuelven.

Con palabras perfumadas entretejo un tema
que se diferencia
y se transforma o trastorna
en aullidos de loba.

Desde la guarida del poema
extiendo deseos al viento
unos se alejan
otros dormitan llagados
en las fauces de lo imposible
contumaces,
desprendiendo la ceguera de su insistencia.

Una gran sima
entre deseos y palabras
entre cálculos fallidos
y torpes balbuceos.

El tiempo avanza
y ya no puedo evitar
la profundidad de todas las hendiduras.
Sí, intento construirme al filo de la página
deletreándome
en acentos de poema.

Otoño, al fin, de robustas tinieblas.
Tanto gemir
desde la entraña de la memoria, desenlaza
azorados temblores
pasiva, tenue,
mordida por la negra suerte.

Hay en su rostro una frescura…
nadie adivinaría
la tramoya,
el escenario es otro
y cuando se ve, se mira,
se dice a sí misma
¿De donde vienes?
¿Adonde vas?



lunes, 6 de octubre de 2014

¿DE QUIÉN SON LOS NOMBRES?




 


 

Las cartas, entes con vida, estaban dispersas en el suelo del patio interior de un edificio céntrico de Barcelona. La humedad del ambiente las había pegado unas con otras y la tinta borrosa desbarataba un nombre, Amelia, sugería el garabato.

El detective, cigarro en mano, y después de varias toses, las recogió  desplegando  un pañuelo blanco, que sacó del bolsillo de su pantalón gris. En cuclillas despegó una de ellas. Leyó con calma. Volvió a toser. Cogió otra y después otra. Cada carta tenía un nombre distinto. Aurelia, Andrés, Adela… Contenían información anodina, cosas sin interés, que le pueden suceder a cualquiera. Casi como historias contadas para un “sí mismo” ya que en el encabezamiento de las mismas no había ningún “estimado”, “querido o querida”, o un simple “hola”. Mientras llegaba a estas conclusiones, se puso de pie y apagó el cigarro con sus zapatos de piel negra. Tosía. Todas tenían la misma caligrafía así que dedujo que las había escrito la misma persona con distintos nombres. Pensó que al autor o autora le gustaba jugar, inventar y porqué no intrigar. Las recogió todas. Subió al tercer piso donde le esperaba el muchacho que había solicitado sus servicios. Las escaleras de madera crujían a su paso. Falto de aliento comenzó a toser más fuerte. Se sujetó a la barandilla y cuando se recobró continuó la escalada. Con el pañuelo un poco sucio intentaba quitarse una motitas de sangre de la camisa. La puerta de la casa  estaba entreabierta como él la había dejado minutos antes. El joven le esperaba en el estudio. Le miraba detenidamente, esperando alguna respuesta. El detective  sacó otro cigarro  y lo encendió con un Zippo. Puso una de las cartas húmedas al lado de otra que tenía el chico en su escritorio.

-¿Me estás tomando el pelo? – Con voz grave y amenazante le espetó.-No tengo tiempo que perder con gilipolleces como esta.

Sintiendo que perdía la credibilidad del hombre y agobiado por su propia angustia el muchacho se echó a llorar.

-Yo no las he escrito si es eso lo que cree. Aparecen en mi escritorio como por arte de magia.

Se secó las lágrimas con el puño de la camiseta. Conmovido el detective se sentó en una silla un poco distanciado del muchacho con la intención de oír lo que tuviera que decir del caso. Volvió a toser.

-Ya sé que no van dirigidas a mí, pero aquí están. Las he tirado a la basura, al patio, las he quemado, las he tirado al mar y aquí siguen. Es como si vinieran de otra dimensión, y por güevos tengo que leerlas. Tal vez si supiera al menos quién las escribe…porque se trata de una sola  autoría ¿verdad?

-Es evidente.

Hubo un silencio en el cual la mirada del detective recorrió la habitación que estaba rodeada de libros por todas partes de suelo a techo.

-¿Las has contado?

-Sí, son cuarenta y siete.

El viejo detective le dio otra calada al cigarro y el muchacho le dio un cenicero para que lo apagara.

-Creo que eres un joven Quijote sobreexpuesto a la literatura. Tienes mucha imaginación. ¿Si averiguara quién es y no te gustara la información que harías?

El chico se desplomó  en la silla. Se frotó  la cara con las manos. El flequillo le cubría medio rostro. Miró a la ventana que daba a la calle y vio unas gotas de lluvia que golpeaban el cristal.

-Quiero liberarme de esto, es como una losa en mi cabeza. Además creo que es una mujer la que escribe. Parece que hubiera vivido mil vidas.

Sonriendo el detective convino con él en que si pagaba bien no le importaría perder el tiempo en buscar una Dulcinea.

-¿Pero que pasa si ella no quiere, no puede, o no desea conocerte? O Si quisiera que su identidad permaneciese en secreto ¿lo respetarías?

-Si no quisiera conocerme pues que deje de escribir, así esas cartas dejarían de aparecer en mi casa.

-¿Qué tal si tú dejaras de leerlas? A lo mejor desaparecerían, hasta podían pudrirse por sí solas. Ya sabes, las novelas, las personas, hasta las cartas, todo toma entidad cuando las prestamos atención.

El chico se quedó casi a oscuras. El detective  encendió otro cigarro y se fue tosiendo.