Ella deambulaba por el CorteInglés sin buscar nada en concreto. Se estaba mejor al fresco del aire acondicionado. No sabía como había llegado hasta allí y esto es extraño de por sí. Sintió ganas de orinar y buscó los baños que no estaban en la dirección habitual. Allí dentro había una ventana que daba a la calle (jamás había visto una ventana en los baños de ese gran almacén) y al fondo una cabina, la taza del wáter y la puerta que no encajaba. El inodoro sucio. Ella con la vejiga a reventar, no encontraba la forma de sujetar la puerta sin rozarse con la mugre. Por fin acertó a descargar todo el líquido de su cuerpo, pero las ganas no desaparecían. La vejiga insistía... más, más. Se recompuso la ropa y al salir de aquella desastrosa cabina se fijó en la luz de la ventana. En el alféizar había unas deportivas con aspecto de caras que no había visto al entrar. La etiqueta puesta, impecables <<¿Qué coño hacen unas deportivas tan caras aquí?>>
En el baño no había nadie, no había oído que se abriera ninguna puerta. Sólo estaba ella. <<A alguien se le habrá olvidado>>. Dudó si llevárselas o no. Quizá a la salida podría sonar la alarma que llevaran puesta. <<Por otro lado si pita me haré la tonta diciendo que no me he dado cuenta de dejarlas en su sitio>>. Se las probó y vio que eran de su número. <<Unas zapatillas de tanto valor merecen el riesgo a ser pillado ¿verdad?>> Intentaba convencerse a sí misma.
Como el que no quiere la cosa, salió con las zapatillas en una bolsa de Día que apareció en su mano y al pasar hacia la calle no saltó la alarma. En la puerta tampoco había nadie, ni un guarda de seguridad<<¡Qué raro es todo esto!>>. Feliz por haber cometido una fechoría sin consecuencias anduvo hasta una gran plaza que no conocía. Ella se encontraba en una zona alta. Pudo observar que la ciudad se veía al fondo un poco lejana. En medio una vaguada por donde pasaba una carretera Nacional de dos direcciones. No sabía donde estaba y lo primero que pensó fue buscar una boca de Metro. <<El metro no tiene pérdida>> pensó. Le resultaba tan extraño ese lugar. Se acercó a un grupito de chicas y chicos de no más de dieciocho años, -calculó- para preguntar dónde había una boca de Metro. Una muchacha morena se acercó a ella como si quisiera algo. Señalando la dirección con el dedo, le explicó donde se hallaba el Metro. Se apartó de ella y riéndose en su cara le farfulló:
-¡Te he robado las zapatillas!-
-¡Devuélvemelas!- dijo con rabia. <<Así que he dado con el grupo de rateros de aquí>>, pensó. Los rostros no eran amigables. -¡Son mías!- replicó.
-¡Sí, pero ahora son mías!-contestó orgullosa de su faena.
Sintió que le hervía la sangre de rabia. Pero los ojos de esa chica no estaban para exigencias. Entonces cayó en la cuenta de que las zapatillas no eran suyas, las había cogido sin pagar. ¿Quién era más ladrona? Se dio por vencida y mirándola a la cara le dijo
- Está bien, quédatelas. Al fin de al cabo no son mías. No me puedes robar lo que nunca ha sido mío.
La chica morena se alejó de ella riéndose.
Moraleja
Nadie te puede robar lo que no es tuyo. La vida te presta cosas, situaciones, personas de gran valor, y la misma vida en su forma más impensable se lo lleva. Las zapatillas es sólo un símbolo en un sueño, un sueño nocturno que soñamos mientras vivimos.