lunes, 6 de noviembre de 2017

DEL SER Y LA SED






Un hombre caminaba seguro
por el sendero de la sed.
Unos pequeños pasos le llevaron hacia ella,
Medusa,
perdida en si
desenredando su melena
traslúcida,
repleta de elucubraciones
filosóficas, metafísicas,
sobre el amor y otras formas químicas.

El ansia de beber del caminante
le atrajo inexplicablemente hacia ella,
Medusa,
sedosa de nubes y esporas.

Bastó una risa para que se amaran.
El mundo perdió significado.
Sus círculos se entrelazaron
en un solo centro
y sus murmullos fueron la luz
de las lenguas muertas.
Ese idioma fugaz del fuego
que quema las entrañas y el pretérito sin continuidad.

Tentáculos abrasados en su boca,
ella gimió futuros imperfectos.
El prometió en el Ahora
lo que olvidó tras su despliegue lineal.
Ya en la cuerda floja todo se desplomaría:
          El beso seco de la mano
               la febril cadencia de las notas más altas
                    el mísero espacio que dejaron a sus espaldas.


He sabido
 que él sigue caminando por las auroras del Norte
porque no dejan marca de tentáculos en la sed.
Y ella…
escribió en su filosofía traslúcida
la conjugación del verbo ser.