miércoles, 22 de abril de 2015

SOBRE PIEDRAS


Nada puede hacer una roca desde su abismo

por más golpes que la den

por más salterios que le dediquen

la piedra siempre es piedra.


Hay una costumbre ancestral,

verter agua sobre su costra y ablandarla,

dedicarle alabanzas y peticiones

esculpir una imagen con ella,

trasladarla,

ponerle altar y velas

o simplemente amarla sin más.

Todo ello según el corazón y la necesidad del peregrino.

Todo ello siempre será un mirar hacia afuera

cuando lo mejor está dentro de él mismo, insisto.


Hay piedras, que no sirven para descansar en ellas,

pueden dejar un gran dolor de cuerpo.

Hay efigies que pueden arrebatar los sentidos,

pero no son más que una trampa, una tela de araña

sutil, como la palabra o la caricia.


Una piedra es un tropiezo en el camino.

No importa su forma, ni su textura,

no es una buena guía.

Arrojarla  lejos es impedir futuras lesiones.

Si el peregrino la guarda, se arriesga a convertirla

con el aroma de sus manos

en otro de tantos Baales.
Dama oferente del Cerro de los Santos (MAN, Madrid)