martes, 11 de agosto de 2015

UN PEREGRINO HACIA SANTIAGO DE COMPOSTELA


 

            Ramiro Calle pregunta al monje cingalés Narada Thera:
-¿Qué es más importante la inteligencia o el corazón?
- La inteligencia
-¿Por qué?
Porque el verdadero amor es el resultado de la inteligencia.

CONVERSACIONES CON SABIOS Y LAMAS BUDISTAS
                                   RAMIRO A. CALLE
                                                          
                                                                                  
 

 

           Piensa en los caminos y en el cansancio. Las hortensias azules le recuerdan a ella. Flores que adornan, con su frescura, los dinteles de las puertas, los jardines. Atraen con su colorido la mirada del peregrino, custodian su paso hacia una meta.

A su madre siempre le gustaron las flores, por eso la ve por todas partes y reza por ella. En su mente, la imagen de la cama de hospital, ella medio inconsciente, luego despierta. Perdida la facultad del habla, no sabe dónde está.

A  medida que avanzaba por Sarria, una cuesta  hacia abajo le lleva por un suelo pedregoso. El camino linda con huertas, maizales, campos de trigo, granjas de vacas, el fuerte olor de los purines…todo es tan intenso que le devuelve al presente. El dolor en las piernas significa que falta poco para llegar a Portomarín. No le importa que los pies duelan porque está donde quería estar, en mitad del campo, donde no pasan coches, ni hay carreteras, ni ruidos de ciudad. Cae en la cuenta de que las personas somos muy ruidosas. En algunos tramos el follaje es tan frondoso que cubre el cielo y le da la sensación de entran en el útero de la Madre Tierra para ser expulsado de nuevo a otra población. El peregrino descansa y continúa. Hay mucha gente, hablan en idiomas distintos.

El final del viaje está en la Plaza del Obradoiro, en el último sello de las credenciales. Necesita el viaje iniciático. Empieza a descubrir cosas tan profundas que el narrador no puede saber de viva voz, pero los ojos lo cuentan, su brillo los delata.

Después de tanto sufrimiento, de ver a su madre casi atravesar el umbral de la muerte con una enorme desazón, inconsolable momento, empezaba a volver en sí. Al mejorar sonreía. El corazón del hijo se ensanchaba de gozo, para que a los pocos días se encogiera de pesar, y otra vez ensancharse de alegría. Tantas dificultades con el personal del hospital, médicos como dioses, enfermeras hartas de su trabajo, auxiliares comprometidas con el anciano, a veces. Todo ello, es una mochila enorme cargada a la espalda del hijo que sufre la ancianidad de la madre, la impotencia, la indefensión. Depende de la caridad ajena y ésta pocas veces aflora. Hablamos el mismo idioma y no nos entendemos. Todo ello, dejó al hijo  cuidador desgastado y sin aliento. Perdió la fe en las personas, en Dios, en la vida. Parecía que alguien se estaba mofando de su situación y carecía de sentido el sufrimiento soportado. No podía creer que Dios martirizara a una persona  para que otra obtenga el fruto de la trascendencia del momento. Y se preguntaba si no habría otros métodos.

Está deseando de llegar  a Palas de Rei, ducharse para quitar el polvo del camino, comer y descansar. En la siguiente etapa sale de madrugada. El canto de los pájaros deleita sus sentidos. Graznan los cuervos, mugen las vacas, el gallo canta su melodía mañanera.  Cuestas hacia arriba, cuestas hacia abajo.  El Camino de Santiago es el camino de la vida. Es un recorrido en un periodo de tiempo más corto, pero muy instructivo. Lo cierto es que no encuentra silencio que invite a la reflexión. De forma espontánea surgen las convicciones. Melide, Arzúa, Pedrouzo. El viento sopla en la cara, las nubes amenazan lluvia. 

Recibe una llamada diciendo que no se preocupe, su madre se ha recuperado y vuelve a la residencia bastante mejorada. Allí la reciben con mucho cariño y ella sonríe a todas las auxiliares.

El peregrino llega al final de la etapa. Sella, le dan la Compostela. La misa de la tarde es como un gran abrazo de consolación. El narrador observa como se le caen las lágrimas y como trata de secárselas sin que nadie le vea. Cree haber recuperado la fe, cree haber encontrado la parte de su persona que quedó por el camino de la realidad mientras se desvivía por su madre.
Con toda esta experiencia y este bocado de vida se reincorpora al camino del presente, que sigue siendo cambiante e incierto.