martes, 30 de agosto de 2011

PREMIOS

                                                      
          Tenía el premio en mis manos, un poco sudadas, por los nervios. Siempre me sudan las manos cuando la situación me sobrepasa. Fue un concurso de cocina sin importancia, de esos que no salen en la televisión.  Me sentía tan feliz, tan feliz que las palabras me abrochaban la boca y no había forma de expresarme. Lo único que pude decir fue “Gracias” y a continuación unos borrosos recuerdos.  Todo empezó en la cocina de mi madre.
            Comenzaba temprano, a eso de las diez de la mañana, como un ritual, para que cuando llegase papá la comida ya estuviese preparada. Si no lo estaba, su mal humor llegaría hasta la noche. Mamá me cogía en brazos y me sentaba en una banqueta de madera de las que solía fabricar papá cuando le daba por ahí. Las piernezuelas regordetas me colgaban y mamá me descalzaba para darme besos en los pies mientras el pescado rebozado se iba haciendo en la sartén. Qué bien olían los boquerones, a veces estaban tan ricos que nos los comíamos crudos.

        Luis subió a la tarima para darme la enhorabuena. Me sequé las manos sudorosas en el delantal blanco y se la estreché con el afecto que siento por mi amigo de la infancia. Él   no estaba pasando por buenos momentos, su hija de trece años tiene una rara enfermedad. Un día me aseguró que había algo en mis comidas que mejoraban el estado de salud de la pequeña. Así que siempre que han podido, han  venido  a casa y les  he preparado algo, mientras canturreaba  alguna canción de Serrat o Julio Iglesias.

      Mamá cantaba canciones de Concha Piquer, algo así como “Mi niño no tiene padre”, “Ojos verdes como la albahaca”,”Precaución amigo conductor” de Perlita de Huelva. 
        
A medida que crecía me subía de pie a la banqueta, y mamá me dejaba quitarle la tripa al pescado, o limpiar calamares. Tan frescos estaban que olían a mar. Recuerdo el tacto escurridizo y suave entre los dedos y como al embadurnarlos de harina se me pegaban como los cromos en un álbum. A veces cuando no teníamos pegamento mezclábamos la harina con agua y nos salía una masa viscosa que cuando secaba funcionaba muy bien como cola de pegar.
         Pegábamos cromos en casa de Luis, con la masa de harina, cuando su hija comentó risueña que a ella le faltaba la sal en su vida. Le hablé de mi receta especial: un caldo que hace resucitar a los muertos. Ella siguió riendo, es muy simpática. Le encantan las patatas fritas. A mí también, gordas y crujientes, como la hacía mamá. La lechuga y el tomate los comía por miedo a que me dieran un pescozón en la cabeza, o sea, bajo amenaza.
        Cuando la olla exprés sonaba es que había cocido. En aquella época me empachaba con los garbanzos. Al final los tragaba con aceite de oliva y sal, bien machacaditos. la comida, en general, no me gustaba. Llegaba la hora de sentarse a la mesa y siempre había gritos y discusiones, a cerca de la sal, o del dinero gastado, o cualquier otro tema donde los gritos , cada vez más altos, me llenaban de y angustia el estómago y no podía comer. El pescozón me lo llevaba casi siempre. Los enfrentamientos duraron hasta que mamá enfermó, y ya no pudo guisar.
          Mi madre me enseñó la receta del caldo resucitador, y se la he dado más de una vez a la hija de Luis. Por eso me siento doblemente feliz. Vino contentísimo  a saludarme y darme la enhorabuena. Me estrechó la mano fuertemente y me susurró al oído que su niña ya estaba curada, “algo milagroso”  dijo muy emocionado.
 No puedo abrir la boca. Los demás cocineros concursantes, me dan la mano y la enhorabuena. Mis padres no han podido venir. Pero hay algo que no comprendo. Le di la receta a papá  que es el que ahora guisa para mamá y no le ha  funcionado  con ella. Será que cuando papá guisa, no canta, no hay radio, ni nada. A penas el crepitar de la carne en la sartén. El ajo y el perejil han sustituido a la sal.
       Mamá espera en su silla de ruedas a que papá le sirva el plato. Entonces comienza otra rutina. Ella critica su cocina, y la rechaza de mala gana. Los platos van a parar al fregadero con cierto ruido estruendoso. La comida a la basura. En el comedor, mi madre mantiene una media sonrisita extraña.  Acaso sea por el ictus que sufrió.



5 comentarios:

  1. Muy bien, Yolanda. Me ha gustado tu cuento emparentado con el realismo mágico, y me cautiva la mirada ingenua y crítica de la narradora. Preciosa la imagen de la boca abrochada por la emoción.

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  2. Evcadora y fantástica historia Yolanda, un poco contada desde la perspectiva del niño que desgraciadamente se va quedando atrás. Me ha venido a la cabeza los ``rosquillos de semana santa´´ que ayudaba a preparar a mi madre y si, las verduras que tanto asco me daban. Tambien me recuerda que alguna vez creía en la magia de verdad y que las cosas se podían arreglar facilmente. Por si fuera poco hasta me ha entrado hambre.....

    Excelente como siempre y gracias. Saludos

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    1. Aquellas mamás son una especie en extinción. Creo que todos confiábamos en esa magia y que algo nos queda por que si no la vida es muy insulsa o sosa. Gracias a ti por el comentario.
      Saludos

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  3. Precioso relato, ese final me hizo sonreír, tantos años poniéndole amor a la comida, la sal, y el esposo ahora debía "saborear" en carne propia lo que la mujer debió padecer.
    Saludos.

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  4. Me alegra que te haya sacado una sonrisa y que te haya parecido precioso. Las mujeres de aquella época padecieron mucho, por desgracia. Gracias por comentar!
    Saludos

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