Hay en la intimidad un límite sagrado...
ANNA AJMÀTOVA
Al principio de un febrerillo loco
mi cuerpo como un mosaico
perdía teselas, convencimientos,
bravura, dulzura, fuerza, color.
Pensaba que... peor estaba una muchacha
de mi parentela. Entonces recurrí a quién,
una vez, socorrió mi alma de poeta.
Con unas sencillas claves,
después de conversar, ambas mejoramos
ella por su gran arrojo
yo, porque volví a ver esos ojos.
Ir, seguir o no, continuar...
podía escoger y decidí embarcar.
Me fue regalando momentos muy hermosos
la vida vino a mí
e inmensamente agradecí
confiarle pasados secretos brumosos.
Amar es para él su libertad,
amor, su garantía de felicidad.
Santo sin fe, honrado sirviente.
A medida que su estima avanzaba
la mía se perdía
como luna distante y fría.
Poco a poco descubrí ese límite sagrado
que habita en la intimidad.
Reconocí que debía volver a mí ser
sin saber si era suficiente
porque tanto corazón ardiente
eclipsó mi capacidad de comprender
y entenderle.
Y descubrí que...
este recinto personal reconforta
no tiene etiqueta, ni forma
de lo que fui, soy y seguiré siendo.
Esta vez encontré las coordenadas
para no perderme en un infierno
de penas irresolubles
de sueños imposibles
de sombras y luces
visibles e invisibles.
IOLANTHUS
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